Bases de una economía anarco-comunista
Bases de una economía anarco-comunista.
Prólogo
Todos los movimientos políticos y sociales, incluso, los más radicales y avanzados, tienen aspectos reaccionarios y conservadores. Pero si el conservadurismo de los sectores ultramontanos que, volviendo la espalda al porvenir, rinden culto al pasado y a sus ideas e instituciones, es lógico y comprensible, no lo es de ningún modo el de los núcleos ideológicos que han clavado su meta en un orden futuro absolutamente incompatible con la realidad presente.
Digamos sin rodeos que el anarquismo, no como doctrina social de amplísimas perspectivas, sino como movimiento orgánico y actuante, lleva también en su cogollo una buena dosis de sentido conservador. Porque tan conservador es el que quiere eternizar instituciones como el que pretende eternizar dogmas.
Las teorías sociales no son productos cerebrales en conserva, sino cuerpos vivos, que se arrugan y palidecen en los museos y necesitan del aire ozonizado de la calle para su desarrollo y enriquecimiento. Ninguno de los grandes teóricos anarquistas, desde Proudhon a Malatesta, pasando por Bakunin, Reclus y Kropotkin, pensó, al formular sus concepciones, en hacer de ellas una especie de decálogo intangible e insensible a las experiencias de la vida. Los anarquistas que interpretan el anarquismo con inflexibilidad de creyentes en la Biblia, son fanáticos de una secta más, pero no verdaderos revolucionarios. No es posible revolucionar, es decir, transformar y transformarse, aferrándose a cosas y principios modificados, por muy venerables que sean. El anarquismo tiene que ser un movimiento siempre juvenil, ágil, actual y oportuno (no oportunista) en sus manifestaciones. Debe nutrirse, vitalizarse y tonificarse con las experiencias de la vida cotidiana, que es historia viva. Debe ser teórica y prácticamente activista y creador.
Rico es el legado doctrinal de nuestros grandes maestros; pero, aparte de que, como producto de otras épocas y circunstancias, no puede responder completamente a las exigencias teóricas y tácticas del presente, ¿no es humillante también vivir servil y exclusivamente a costa de ese legado como el señorito vago e incapaz vive de la fortuna heredada?
Por suerte, no faltan hoy militantes anarquistas que comprenden las necesidades creadoras y renovadoras del movimiento libertario en cada época. Nuestro amigo A. Dauphin-Meunier, autor de este folleto, es uno de esos militantes modernos y dinámicos que, con gran ahínco y preparación, han emprendido la tarea de arrancar de nuestro campo los prejuicios retardatarios que en él florecen. Que los que gusten de nebulosidades inefables e inconcreciones doradas sigan embriagándose con ellas. Los militantes jóvenes no queremos metafísica. Convencidos de que vivimos un momento histórico esencialmente positivo, creemos indispensable dar bases sólidas y formas bien delineadas a nuestras aspiraciones prácticas, y sobre todo, estimamos que no hay que abandonar a la casualidad ni a un caótico “¡haced lo que os dé la gana!” la estructuración social de un porvenir que debe ser nuestro y que podría ser malogrado por la incapacidad y la imprevisión.
Hace muy bien Dauphin-Meunier en señalar la trascendencia de la preparación técnica y administrativa para un movimiento que, como el nuestro, se propone transformar radicalmente los fundamentos jurídicos de la sociedad. Hace muy bien en hablar de las organizaciones necesarias para que el proletariado revolucionario controle y dirija el proceso de la producción. Hace muy bien en resaltar la importancia revolucionario-constructiva de cooperativas, sindicatos, federaciones de industria y consejos de fábrica. Y fiarán muy bien los militantes y las organizaciones del movimiento anarco-sindicalista español, aprovechando, ampliando y aplicando a la realidad estos consejos e indicaciones.
V. Orobón Fernández
I
Los principios y sus consecuencias
Parécenos significativo que, por mucho tiempo, la mayor parte de los propagandistas de la Anarquía hayan sido poetas, literatos, artistas, en vez de ingenieros o técnicos especializados. Este hecho es debido quizá a la importancia exagerada que algunos de nuestros teóricos han dado a actos de rebeldía individuales, muy susceptibles de entusiasmar a unos seres tan nerviosos y emotivos cual los escritores o los pintores; y es a la frecuencia de tales actos de rebeldía, bautizados demasiado apresuradamente con el nombre de propaganda por el hecho, a lo que atribuimos la simpatía manifestada hacia la agitación libertaria de 1880 a 1900 por el mundo de las letras y de las artes. Desgraciadamente, los propagandistas reclutados en su seno han desarrollado con más o menos tacto, según su temperamento propio, lo que nuestras doctrinas pueden tener de abstracto, de metafísico, y hasta a menudo, en su pasión por lo original, en su culto desinteresado por las ideas nuevas, han perdido de vista los principios directores del anarquismo, causando desviaciones. El resultado, particularmente en Italia y en Francia, ha sido desastroso. Algunos han olvidado que el anarquismo se sitúa en primer lugar sobre el plano social y es una doctrina esencialmente liberal, revolucionaria. Otros, bajo pretexto de emancipación individual, han hecho la apología de las dominaciones de clase.
Si entre los anarquistas hubiese habido mayor número de hombres habituados a estudiar y a resolver cuestiones prácticas, problemas económicos; si, en lugar de lanzarse a investigaciones filosóficas, inaccesibles por lo demás a la mayoría, los militantes hubiesen examinado la reorganización del trabajo asalariado en cada gran categoría de empresas; si hubiesen preparado, dentro de su esfera, el acceso de los obreros a la dirección técnica de las fábricas, nuestro movimiento no se encontraría en el marasmo actual. Progresaría en vez de estancarse, como ocurre. A las dificultades del momento presente, que no pudieron ser previstas en los programas que datan de cuarenta y aun de ochenta años, como los de Proudhon y de Kropotkin, hubiérseles dado soluciones adecuadas, eficaces, acrecentando nuestra influencia dentro de los medios obreros, realzando nuestro prestigio cerca del gran público.
El hombre de la calle, el hombre medio, en 1930, ya no pregunta: ¿Contra quién lucha usted?
Habiendo incoado por sí mismo, después de la guerra, el proceso de un régimen que ha renegado todas sus promesas y que lo abruma con imposiciones de pagos en especie y con impuestos, exige ahora de quienes se le presentan como defensores suyos: «¿Qué propone usted? La casa es inhabitable y el propietario odiado; echado éste de ella y demolido el viejo edificio, ¿cómo estará dispuesta la nueva casa?»
Tarea vana es el afirmarse sin cesar contra la burguesía y el Estado, cuando ambos están condenados sin remisión hasta por sus propios mantenedores. Es indispensable, por el contrario, precisar de qué manera les será suplida la falta y qué modo de organización colectiva, de producción y de consumo sustituirá al sistema capitalista. Ahora bien, esto es de orden esencialmente técnico; en manera alguna del dominio de la utopía y de la imaginación. El viejo militante italiano Enrique Malatesta lo ha indicado muy justamente cuando recientemente escribía que no debiera ser ya cuestión para los anarquistas conscientes de su papel histórico el condenar como defectuoso el funcionamiento actual del servicio de correos y telégrafos, sino que había que buscar los medios de reorganizarlo con arreglo a los principios libertarios.
Lo que constituye, a nuestra manera de ver, la superioridad de los anarcosindicalistas sobre los demás militantes obreros es que, a pesar de la falta de cultura general de la mayor parte, por la fuerza misma de las cosas son unos técnicos. Ciertos metalúrgicos sindicados saben perfectamente que unos grupos de afinidad, con capital y personal variable, sin disciplina cohesiva, serían incapaces de producir goas1 de fundición o de hierro en barra, de manera a satisfacer las necesidades del mercado; lo que un teórico como Grave, que ha perdido desde hace veinte años todo contacto con el mundo viviente, no comprenderá nunca. Un Bernard, un Rocker, un Santillán, cuando tratan las dificultades de su incumbencia, pueden no presentar siempre la solución ideal; pero su solución es casi siempre la mejor, porque emana de hombres reflexivos, de técnicos que conocen por experiencia aquello de que se ocupan. Por la misma razón es por lo que en Inglaterra la mayoría de los expertos en materia industrial o minera son elegidos, las más de las veces —y por los patronos mismos—, de entre los funcionarios de las Trade-Unions.
Al investigar las bases de una economía anarco-comunista no haremos exposición alguna de principios. Los principios anarquistas son conocidos de todos; están ampliamente expuestos en las obras de Proudhon, Bakunin, Tolstoy y Kropotkin. Hasta han estado sometidos a la sabia crítica filosófico-jurídica del difunto profesor alemán Eltzbacher, crítica que recomendamos gustosos a nuestros lectores. No estudiaremos aquí sino las consecuencias prácticas, más que la adaptación a las exigencias de la vida moderna.
Y aquí se presenta una dificultad.
No se dejará, en efecto, de acusarnos a dicho respecto de revisionismo.
Por motivo de que las consecuencias que en 1930 extraemos de los principios son, en ciertos puntos, diferentes de las que han podido ser deducidas en 1890 o en 1852, se tomará pretexto para considerarnos como unos heresiarcas.
Semejante acusación no tiene ningún fundamento. No se da el caso jamás de que se presente una solución valedera para todos los tiempos y todos los países. A civilizaciones diferentes, a situaciones nuevas, convienen medios diversos. ¿Quién no ve, por ejemplo, que la táctica de los gandhistas en las Indias inglesas, la cual nos parece ser particularmente apropiada al caso que la motiva, no podría ser seguida, contra sus gobernantes, por los mineros ingleses o por los descargadores del puerto de Barcelona? ¿Quién ignora que los datos de la política internacional en 1913 no se vuelven a encontrar ya hoy, donde hasta problemas tan antiguos en apariencia como los de las minorías nacionales (Cataluña, Hungría, Macedonia) están invertidos o transformados?
Las consecuencias prácticas de las doctrinas anarquistas no son, pues, más que relativas y esencialmente sujetas a revisión. Es, por lo demás, lo que ya había afirmado muy netamente, en 1904, el Congreso de los anarquistas belgas en Charleroi: «Científicamente, el anarquismo es una consecuencia directa de la demostración del transformismo biológico... Está en estrecha relación con el movimiento científico contemporáneo. Es ciertamente la expresión sociológica más exacta de la verdad adecuada a nuestra época (y ello en todos los terrenos: científico, económico, político y moral), de la que, en último análisis, los anarquistas no son sino los vulgarizadores.»
II
¿Es el anarquismo una doctrina liberal o socialista?
Una de nuestras tareas más inmediatas es, a nuestro parecer, la de situar definitivamente el anarquismo entre las doctrinas económicas y sociales, precisando ciertos aspectos, revisando otros a la luz de los fenómenos de la postguerra.
Sin embargo, para efectuar esa revisión no es preciso eliminar ninguna de las ideas esenciales de nuestros precursores, sino más bien ordenarlas y clasificarlas.
Debemos saber quiénes somos y adónde vamos. Debemos recordar a los demás, como a nosotros mismos, los principios que nos animan y por los cuales combatimos Y en la pugna social, en la lucha contra la burguesía, llámese conservadora o socialista, tenemos el deber imperioso de mantener la vista fija en nuestra bandera.
En primer lugar, ¿es el anarquismo una doctrina socialista?
Generalmente, se suele oponer el socialismo al liberalismo. Se supone que este último tiende a defender al capitalismo, a favorecer la propiedad individual, el acaparamiento por una minoría de las riquezas producidas por todos, mientras que el socialismo tiene por misión histórica la de tomar en sus manos la defensa de los oprimidos, de criticar la propiedad privada y de propagar entre las masas la esperanza de una revolución emancipadora, preludio del comunismo. Porque ciertos socialistas, conmovidos por las fechorías del régimen actual de la propiedad, denunciaron ese régimen y reclamaron su desaparición, se llegó a creer que todos los socialistas eran hostiles a la burguesía y que los adversarios de la propiedad privada tenían que ser forzosamente socialistas. Por esta razón sin duda, se ha clasificado al anarquismo, doctrina comunista, entre las teorías socialistas.
Sin embargo, nada hay más erróneo. Se puede ser socialista y exaltar la propiedad privada; se puede ser socialista y favorecer conscientemente el despotismo. ¿No fue Rodbertus, el padre del socialismo, quien inspiró a Bismarck las medidas encaminadas a contener las reivindicaciones proletarias y a consolidar la hegemonía prusiana? ¿No fue él quien dijo que no hay que suprimir la propiedad, porque «existe en ella tanto derecho mezclado a lo que ella contiene de contrario al derecho, que se rebelaría la verdadera propiedad en caso de poner inmediatamente la mano sobre la falsa propiedad»? ¿Y no fue Lasalle, fundador de la Asociación General de Trabajadores Alemanes, quien declaró a los obreros de Berlín: «Ningún obrero debe olvidar que toda propiedad legalmente adquirida es absolutamente justa e intangible»?
El liberalismo, por su parte, se defiende de ser una doctrina invariablemente reaccionaria. El mismo Bastiad, el optimista representante de la economía burguesa, demuestra que el comunismo será realizado por el progreso cuando la ciencia haya dado al trabajo libre toda su pujanza. En sus Armonías exclama: «¡Comunistas!, ¿soñáis con la comunidad? ¡La tenéis! El orden social hace libres todas las utilidades comunes, a condición de que el cambio de valores apropiados sea libre.» La adopción o no aceptación de la propiedad privada no es por consiguiente el criterio del liberalismo o del socialismo. Lo que separa para siempre a esas dos doctrinas es su concepción de las funciones del Estado.
El liberalismo pretende limitar en la mayor medida posible la intervención del Estado en los pactos y relaciones sociales; pretende desarrollar la iniciativa personal, asegurar el bienestar de todos por el juego natural de las fuerzas económicas. El socialismo, por el contrario, desea que el Estado concentre en sus organismos todo el poder político; desconfía de la actividad espontánea de los individuos; es escéptico respecto a la potencia creadora y organizadora de las masas obreras, por lo cual exige que sólo el Estado asuma la responsabilidad de satisfacer las necesidades de todos.
El anarquismo no es socialista, porque niega el Estado, rechaza los monopolios, admite la armonía de las fuerzas económicas, exalta la iniciativa individual. Es una doctrina liberal; pero por haber surgido del pueblo, cuya fe sostiene, es además revolucionaria: por eso tienen razón los que la llaman una doctrina libertaria (liberal-revolucionaria), para distinguirla menos del liberalismo burgués que del socialismo, bajo sus diferentes aspectos.
Los esfuerzos de un Rist para establecer que el anarquismo es una fusión curiosa del liberalismo y del socialismo, o los de un E. Holevy para probar que es una reacción contra el liberalismo burgués, muestran únicamente que esos autores no han descubierto el criterio que permite separar las dos corrientes doctrinales que desde hace dos siglos condenan o sostienen el Estado.
Lo que lo prueba aún son las luchas épicas de nuestros precursores contra el socialismo. Stirner y Proudhon entablan el combate, y este último declara: «El socialismo no es nada, no ha sido nada ni jamás será nada».
Durante treinta años Bakunin estrecha a Marx en un terrible cuerpo a cuerpo. Nadie se ha alegrado tanto de los fracasos del socialismo como Kropotkin. Y en 1919 nuestro Gustavo Landaür cae bajo las balas del socialista Hoffman.
III
Hemos dicho que es preciso ordenar los elementos del anarquismo. Pero esta tarea es irrealizable si nos inspiramos en el socialismo estatalista autoritario y materialista, puesto que al obrar así se confundiría la base misma de esta ordenación. Si, por el contrario, evocamos las ideas madres del liberalismo, todos nuestros principios se encadenan y unifican.
Primero: La fe de un Bakunin en las leyes naturales, su respeto por la ciencia, su vigoroso optimismo, recuerdan vivamente la confianza de los fisiócratas, los fundadores del liberalismo, en la justicia inmanente y la bondad de la naturaleza.
El revolucionario del siglo XIX, como los economistas del XVIII, creen en la evidencia de las reglas superiores y anteriores al hombre. «Frente a las leyes naturales -dice Bakunin-, la única libertad posible para el hombre es la de reconocerlas y aplicarlas cada vez más.» Dupont de Nemours escribía ciento cincuenta años antes: «Existe un juez natural e irrecusable de las órdenes mismas del soberano: es la evidencia de su conformidad o de su oposición a las leyes naturales».
Segundo: La ley de solidaridad, tan magistralmente expuesta por Kropotkin en la Ayuda Mutua, fue descubierta por Bastiat. «Todos se aprovechan del progreso de cada uno y cada uno se aprovecha del progreso de todos», decía éste.
Tercero: La idea de subordinación del productor al consumidor, que diferencia de un modo claro nuestra doctrina del sindicalismo, para semejarla al cooperativismo, ha sido también tomada del liberalismo.
Cuarto: El principio de libre asociación proviene, en fin, no sólo de la ley de solidaridad, sino también de la observación del juego natural de las fuerzas económicas.
Presentando con una concisión excelente una síntesis del liberalismo revolucionario, Proudhon escribía en Idea general de la revolución en el siglo XIX: «La división del trabajo, la fuerza colectiva, la concurrencia, el cambio, el crédito, la propiedad misma2 y la libertad, he aquí las verdaderas fuerzas económicas, principios inmateriales de toda riqueza que sin encadenar el hombre al hombre, dejan al productor la más entera libertad, aligeran el trabajo, doblan su producto, crean entre los hombres una solidaridad que no tiene nada de personal y les unen con lazos más fuertes que todas las combinaciones simpáticas y todos los contratos».
A pesar de que para manifestar su oposición a los socialistas, los liberales hayan adoptado con frecuencia el epíteto de individualistas y que por consecuencia esos dos términos son sinónimos, nosotros no podemos decir que el anarquismo sea individualista. Claro está que, como doctrina liberal, lo es, tanto desde el punto de vista económico como desde el filosófico. ¿No considera al hombre como teniendo su fin propio en sí mismo y como único? Si la palabra «individualista» ha conservado en la lengua filosófica su pleno sentido, por otra parte ha adquirido una significación demasiado imprecisa; aun a veces sirve para indicar lo contrario de lo que significa. Cuando se entiende por individualismo la consecución de una felicidad egoísta como móvil de la política económica, se puede admitir que un socialista sea individualista, y caemos de nuevo en la confusión que se desea evitar.
Además, si teóricos como Kropotkin y Cornelissen combatieron el individualismo hacia 1890, fue porque se designaba entonces como individualistas a determinada categoría de personas despreocupadas del verdadero individualismo, que reclamaban para ellos la libertad de negárselas a los otros, destruyendo sistemáticamente las organizaciones obreras en nombre del sedicente derecho del obrero a dejar explotar a sus camaradas, renegando su clase para mejor abusar.
A fin de desenmascarar a esos pérfidos adversarios, nuestros precursores tuvieron que conciliarse con la opinión, ocultando su propia cualidad de individualistas, dejando a sus enemigos un nombre que no merecían. Porque no existen dos escuelas en el anarquismo: una liberal (individualista) y otra socialista.
Cuando los libertarios se llaman socialistas, emplean este término en el sentido general, impropio, de «enemigos de la propiedad privada», para hacerse comprender mejor de la multitud. De hecho son tan poco socialistas, como los bolcheviques son comunistas. Pero nadie ignora que las etiquetas dadas por algunos ignorantes y aceptadas por todos son engañosas. Sin embargo, la significación de palabras se modifica con el tiempo, y en menos de un siglo los anarquistas (liberales revolucionarios), aun conservando una doctrina inmutable, han sido sucesivamente denominados mutualistas, colectivistas, comunistas, libertarios, mientras sus adversarios socialistas se llamaban comunistas, socialdemócratas, colectivistas, bolcheviques, comunistas, sin serlo en el fondo. Sólo a los comunistas libertarios alemanes y franceses corresponde el honor de haber recabado oficialmente su título de comunistas.
Toda doctrina sería necesita una terminología precisa. Ya es tiempo de dar a las palabras que empleamos en nuestra propaganda una significación y un alcance exactos.
***
El liberalismo revolucionario, el anarquismo, conduce al comunismo. Pero este comunismo difiere del que preconizan los socialistas, por ser pragmático, científico y viviente. El anarco-comunismo no puede ser, desde luego, una teoría negativa y puramente destructora. Puesto que el capitalismo y sus accesorios (Estado, patria, religión) están desacreditados y se desvanecen, es preciso que el anarquismo sea ahora una doctrina de organización científica.
Después de la crisis mundial, la mentalidad de los jóvenes anarquistas debe ser la misma que la de los sansimonianos al día siguiente de las catástrofes imperiales. Sus características: realismo, observación e intuición de las corrientes económicas; participación fecunda en las empresas industriales; actividad incesante en el seno de las organizaciones proletarias para hacer de ellas factores de progreso material y moral. Técnicos, agitadores, prácticos. Nada de soñadores ni de poetas. ¡Sobre todo, nada de poetas!
IV
Las cooperativas de consumo y los anarquistas
La guerra y la postguerra han colocado a los anarquistas ante problemas de un orden nuevo que ellos deben resolver lo mejor posible, de una manera concreta, si es que quieren conservar la simpatía de la clase obrera. Les es preciso ser más constructores que demoledores, y para esto modificar no ya tanto su doctrina como una cierta manera de enfocarla y practicarla.
Las experiencias revolucionarias de los años recientes les han mostrado que cuando se producen trastornos sociales es tan indispensable el utilizar como el crear, y que un régimen comunista no puede desarrollarse si no tenía antes ya profundas raíces dentro de la sociedad capitalista.
De ahí la necesidad para los anarquistas de examinar, a partir de hoy, las tendencias económicas y de encarar claramente la actitud que haya que adoptar con respecto a las organizaciones cuya ideología se aproxima a la suya.
La economía anarquista es esencialmente una economía de consumidores; pero de consumidores conscientes de sus derechos y de su responsabilidad, de consumidores mutualistas. Por otra parte los cooperadores declaran que por la ayuda mutua y el juego del libre-contrato se puede llegar a satisfacer equitativamente las necesidades.
Por otra parte, los estatutos de 1912, establecidos por los delegados de la Unión cooperativa de las Sociedades francesas de Consumo, afirman que «el fin de la cooperación es la sustitución al régimen cooperativo y capitalista actual por un régimen en donde la producción estará organizada con miras a la colectividad de consumidores y no con fines a las ganancias». Se comprende de este modo un parentesco, bastante estrecho entre el anarquismo y la cooperación.
Las cooperativas de consumo, que, en la lucha cotidiana entablada y sostenida por los consumidores contra los productores y los intermediarios, juegan un papel capital, se han convertido para el comercio al menudeo en rivales terribles. En Francia, donde su importancia se acrecienta cada día, especialmente en las aglomeraciones de población densa, han puesto en el trance a ciertos comerciantes al por menor, acorralados por ellas, de declararse en quiebra, de implorar el apoyo de las Cámaras de Comercio; en otros países, en Inglaterra y en Hungría, por ejemplo, han obligado, en buen número de circunstancias, a las pequeñas empresas comerciales a abandonar los centros obreros y refugiarse en los barrios alejados de las ciudades, de clientela variable.
Su finalidad es doble: consiste en primer lugar en acrecentar el bienestar de los consumidores, poniendo la vista en la calidad, la naturaleza y el buen peso de los productos vendidos, y reservándoles una parte de las ganancias que, sin eso, irían a parar a los logreros intermediarios. Consiste además en favorecer la emancipación social de los trabajadores manuales e intelectuales, en abolir el patronato capitalista; en eliminar la ganancia comercial, restituyendo el exceso percibido, bajo forma de reintegros más o menos directos.
Ya no hay país hoy donde los anarquistas, aplicando así los preceptos de sus teóricos y las decisiones de sus congresos, no aporten de un modo eficaz su concurso a las cooperativas de consumo3. Desgraciadamente, el principio de la responsabilidad colectiva no está universalmente reconocido por ellos; de ahí se deriva que su concurso a la cooperación revista con frecuencia un carácter más individual que colectivo, más esporádico que generalizado.
Trataremos de extraer las grandes líneas de su conducta y de fomentar las bases de su táctica común.
Contrariamente a como proceden las empresas capitalistas, la organización interior de las cooperativas de consumo es francamente democrática. Los cooperadores se reúnen en asambleas generales, donde se va a discutir sobre la marcha general de los asuntos y de los resultados financieros. Por ahí, ellos se ven conducidos a aprender lo que es la dirección técnica, comercial y financiera de una empresa y adquirir unos conocimientos cuya generalización será indispensable dentro de una sociedad comunista. De este modo pueden darse cuenta de un hecho que no hacemos más que indicar ahora y sobre el cual tendremos la ocasión de volver a ocuparnos más ampliamente; a saber: que en las condiciones actuales de la técnica moderna un régimen anarco-comunista no será capaz de poner inmediatamente en práctica en su integridad el conocido principio A cada uno según sus necesidades, y que sólo las necesidades más perentorias y de mayor apremio (vivienda, leche, pan, ropa de trabajo), podrán ser satisfechas gratuitamente y para todas las categorías de la población.
A esta democratización de las cooperativas, y precisamente en la medida misma en que aumente su importancia económica y su éxito, se opone lo que se ha llamado en ocasiones «el problema del personal». Por una parte, en efecto, los administradores de una cooperativa, y sobre todo los de una federación de cooperativas, de un Banco o de un almacén al por mayor cooperativos, se sienten inclinados a abusar de la autoridad que les ha sido confiada y a obrar, tanto con respecto a sus empleados subalternos como con los accionistas, lo mismo que si fueran verdaderos patronos capitalistas; por otra parte, los miembros del menudo personal (gerentes, vendedores, dependientes y tenedores de libros), sindicándose, hacen bloque entre sí, constituyen en el seno de la cooperativa una organización parasitaria y sacrifican deliberadamente los intereses de los cooperadores a sus propias exigencias. Por esta razón es por lo que varias veces la Unión Central de Cooperativas de Consumo de Alemania y la cooperativa holandesa Valharding han debido preguntarse si no sería cosa de tomar medidas tales que haya siempre en las asambleas generales un número suficiente de miembros independientes y no «trabajadores» por el personal y que este último esté privado del derecho de ser miembro de la cooperativa.
A la luz de estos hechos, una labor inmediata se impone a los anarquistas: Estos deben, en el seno de las cooperativas, hacer su educación técnica para estar en condiciones de dirigir, sea desde ahora, sea al día siguiente de una revolución victoriosa, los organismos comerciales encargados de abastecer la población, a fin de evitar que ésta quede a merced de los logreros y de los saboteadores contrarrevolucionarios; deben además obrar de manera tal que la democratización de las cooperativas vaya sin cesar ensanchándose, y que sean allanadas las dificultades suscitadas por los principales o pequeño personal, sin que haya que recurrir a medidas draconianas contra unos y otros.
V
Cooperativas de consumo y agrupaciones de compra en común
En gran número de regiones de Europa, particularmente en aquellas donde el progreso económico es lento y en que los consumidores no han adquirido aún suficiente conciencia de su
fuerza y de sus intereses, no existen, por así decirlo, cooperativas de consumo.
Los anarquistas, allí donde les fue posible, fundaron y fundan aún grupos de compra en común, suprimiendo los intermediarios, entrando por consiguiente en contacto directo con los productores y determinados círculos de consumidores, teniendo un capital variable y un personal no retribuido y benévolo. Empresa laudable, pero que no puede dar resultados interesantes, sino en la medida en que esos grupos de compra se transformen en cooperativas; esto es, en organismos dotados de medios financieros suficientes, con una buena dirección técnica y unas relaciones regionales e internacionales que les permitan entrar en competencia seria con el comercio al detall y al por mayor.
Cuando, en cambio, los anarquistas constituyen grupos de compra en común en una localidad donde exista ya una cooperativa, hacen obra nefasta, puesto que su actividad no puede por menos que debilitar y restringir la de la cooperativa. De ese modo van contra el fin perseguido.
No ignoramos por cierto los argumentos que se nos puede oponer a este respecto. Ciertos anarquistas pretenden, en efecto, que al constituir, aun cuando ello fuere enfrente de una cooperativa próspera, unos organismos de compra en común, colocados bajo su inspección directa y exclusiva, crean con ello instituciones económicas revolucionarias, susceptibles de demostrar que nuestra doctrina es capaz de realizaciones prácticas inmediatas y de suministrar además subsidios a nuestra propaganda. Añaden que la mayoría de las cooperativas de consumo están hoy administradas por pequeños burgueses y socialistas, y no sirven sino para consolidar las posiciones de las clases medias; y, por consiguiente, el sitio de los verdaderos revolucionarios no está allí.
Se engañan. No es abandonando deliberadamente las cooperativas a los reformistas y a los pequeños burgueses como se transformará el ideal político y social de los cooperadores, ni de esa manera como se hará de las cooperativas instrumentos de una revolución; no es fundando agrupaciones efímeras, incapaces por otra parte de resistir mucho tiempo y victoriosamente al comercio al menudeo y al por mayor como los anarquistas establecerán su comprensión de los menesteres y de las necesidades económicas modernas. Existen además, junto a cada cooperativa, círculos de cooperadores destinados precisamente a formar la educación social de sus miembros. Esos círculos están abiertos a todos, con tal de que sean miembros de una cooperativa, sean las que fueren sus convicciones políticas. Es ahí donde los anarquistas deben actuar para desenmascarar al reformismo político y combatir las costumbres y los hábitos de los pequeños burgueses. Ninguna necesidad hay de destruir lo que existe si no se le sustituye por algo superior.
Pero al crear allí donde la necesidad se deje sentir, reforzando en otra parte una organización cooperativa local, los anarquistas ayudan a los consumidores, obreros y campesinos a combatir el encarecimiento de las mercancías vendidas por los detallistas; además, esta organización cuando adquiera expansión se verá compelida a unirse con otras, a fundirse en una federación de talla que le permita medirse con los comerciantes al por mayor y extender, sobrepasando a menudo las esperanzas, el campo de su acción bienhechora; así es como la cooperación funda almacenes al por mayor que compran directamente las mercancías por sus propios medios, no ya en el mercado local o nacional, sino en el mundial, para volverlas a vender a las cooperativas adherentes al precio de coste y, por ende, puede aminorar el poder, hasta arruinar a los «mammuths» del comercio internacional.
Cuando, en efecto, estos «mammuths» quieren obstaculizar los progresos de los almacenes al por mayor cooperativos (Cooperativa Wholesab Society) salen de ello tan malparados que terminan por renunciar a sus intentos. Es lo que le ha acontecido al «cártel» de las especialidades alimenticias alemanas, cuando ha tenido roces con el Almacén al por mayor alemán de Hamburgo; al trust de los almacenes finlandeses, cuando se ha encarado con el de Helsingfors; al trust de jaboneros ingleses, cuando se ha rozado con el de Manchester; al trust dinamarqués del cemento cuando ha topado con el de Copenhague; a los trusts del calzado, del chocolate, de los harineros y al sindicato de panaderos, cuando han querido atravesarse en el camino de la «Unión cooperativa suiza de Basilea». (A. Daudé Bancel.)
La actividad de las cooperativas de consumo durante la guerra mundial designa con claridad la vía en que desempeñarán su objeto al día siguiente de la revolución.
Deberán reemplazar completamente al comercio privado, al por mayor y menor; abastecer metódicamente las poblaciones sublevadas. La sola experiencia indicará sin duda los diferentes cometidos que habrán de llenar y las medidas apropiadas que habrán de tomarse para su buen funcionamiento. Las formas de distribución de los artículos, las maneras de expropiar a los negociantes y de llenar su función en la vida económica serán establecidas según las circunstancias, los lugares y las costumbres.
Una sola condición será indispensable al desenvolvimiento de esta nueva actividad de las cooperativas: será menester que, desde el día siguiente de la Revolución, los apetitos inmediatos de las poblaciones sean satisfechos y que se esparza un cierto mejor bienestar si se quiere conservar al régimen comunista la simpatía pública.
Esa será la primera labor revolucionaria de las cooperativas y, a decir verdad, es ésta una labor capital. Las cooperativas se pondrán además en relaciones directas con los sindicatos de productores, necesarias al abastecimiento de la población. La experiencia indicará aún las modalidades de esas relaciones; pero éstas deberán ser lo más estrechas posible para que nada venga a obstaculizar la satisfacción de las necesidades. Los productores organizados deberán, en efecto, comprender que, según la expresión de Kropotkin, «el más ventajoso empleo de todos los productos es aquel que satisface las necesidades más apremiantes».
VI
Asociaciones cooperativas de producción
Las cooperativas de producción fueron originariamente constituidas para luchar contra el Siveating-System que campaba en determinadas ramas de la industria para suministrar una ocupación fija a obreros víctimas de un lock-out o despedidos a consecuencia de una huelga desafortunada. Así es como, por ejemplo, de 1870 a 1874, las Trade-Unions británicas consagraron más de 60.000 libras a la fundación de talleres societarios, destinados a ocupar trabajadores despedidos y propagandistas perseguidos.
Las ventajas de las asociaciones obreras de producción han sido infinidad de veces expuestas, aun cuando lo hayan sido más por teóricos que por hombres que tengan una experiencia práctica de la industria.
Se ha hecho valer que siendo sus propios amos en los talleres, participando en las discusiones de la parte técnica y en la conducta general de los negocios, eligiendo ellos mismos sus administradores delegados, los obreros cooperadores se convertían en sus propios patronos y aprendían a llenar las funciones de los directores técnicos o de los pequeños patronos de empresas capitalistas.
Por otra parte, los constantes progresos realizados por las cooperativas de consumo han incitado a determinados cooperadores, especialmente a los que se han designado con el nombre de Miembros de la Escuela de Nimes y de quienes Carlos Gide, profesor del Colegio de Francia, es el teórico, a considerar la conexión creciente de las cooperativas de producción y de consumo. Han estimado que el día en que los consumidores fuesen a la vez dueños de la repartición y de la producción de las mercancías, el beneficio y el interés, esto es, los diezmos extraídos por los asentistas y los capitalistas habrían desaparecido.
Pero...
Pero enfrente de esas ventajas teóricas, ¿qué de inconvenientes no presentan las cooperativas de producción?
Permítasenos evocar un recuerdo personal. Hemos participado, en calidad de consejero jurídico, a la fundación de una cooperativa de metalúrgicos en la región parisiense. Esta cooperativa estaba compuesta de trabajadores escogidos, especializado cada cual en su categoría, habiendo dado pruebas, en otras organizaciones, de una abnegación sin precedentes, poseedores de un pequeño capital que les permitía evitar, por lo menos en los comienzos, la tutela de los Bancos o de los acreedores. Habían designado como orientador a uno de los más reputados ingenieros de Hungría, que, entre otras cosas, era inventor de un motor semi-Diesel actualmente en uso en la aviación francesa, y que había sido uno de los más brillantes defensores de la Comuna húngara en 1919. Esta cooperativa poseía por consiguiente unos factores de éxito en un grado raramente obtenido. Con todo, después de algunos meses, se ha visto en la necesidad, a fin de no abortar completamente, de transformarse primeramente en comandita simple, luego en comandita por acciones. Es que, en efecto, los productores asociados han tropezado allí, como por otra parte han tropezado siempre, con dificultades poco fáciles de obviar, tanto de orden psicológico como económico.
Una empresa de ese género exige, en efecto, que los obreros se impongan una disciplina mucho más estricta y rígida que la que existe en vigor en los establecimientos capitalistas similares. No hay ya lugar aquí a aplicar la ley de ocho horas y de holgar regularmente el domingo, debido a que es preciso por todos los medios suplir la ausencia de capital fijo y circulante (dinero, máquinas, materias primas y semiobradas). Por otra parte, los salarios, iguales para todos, no pueden sobrepasar el nivel medio de los salarios sobre el mercado del trabajo, sin temor de arruinar la empresa, desde sus comienzos, por un acrecentamiento de los gastos generales.
Además, como quiera que el paso del salariado al trabajo libre no se lleve a cabo sin rozamiento, ello da lugar a que surjan discusiones entre los asociados; y acontece que la empresa descansa finalmente sobre un solo hombre, de capacidades superiores, que se sacrifica enteramente por sus compañeros sin ninguna recompensa material o satisfacción moral. Los demás socios, en efecto, no se dan cuenta exacta de los esfuerzos de aquel hombre, ya que los obreros manuales no aprecian jamás en su justo valor el trabajo de la dirección, trabajo del todo cerebral, sin síntomas fácilmente observables por parte de las gentes sencillas.
Añadamos, por otro lado, que en la mayor parte de los ramos de la producción, aquellos que necesitan una gruesa maquinaria, no se puede prever un desarrollo útil de las cooperativas de producción. Sería insensato, en efecto, el imaginar que una cooperativa de ferroviarios sería capaz de hacer una competencia eficaz a la Compañía del Oriente-Expreso o a la Compañía General de los Ferrocarriles Españoles.
Es por lo que las cooperativas de producción que han logrado mantenerse y desenvolverse, o bien se confinan en la industria pequeña, que necesita un capital y unos conocimientos modestos (panaderías, confección, chocolaterías, carpinterías), o bien están obligadas a recurrir a procedimientos contrarios al objetivo inicial de la empresa.
Así vemos que la cooperativa francesa de los almacenes Au Bon Marché emplea un personal asalariado, pagado por meses, por semanas o por horas, que no participa en modo alguno en las ganancias realizadas por la empresa; compra además la mayor parte de los productos que vende a mujeres vergonzosamente explotadas por el Siveating-System, esto es, por un procedimiento condenado a la vez por los economistas y los filántropos.
Por eso no podemos considerar las cooperativas de producción sino como ensayo secundario, que está llamado a no generalizarse, e incapaz en todos los casos de favorecer, en una gran de escala, el trabajo libre.
Las cooperativas de producción no están condenadas por los anarquistas desde un punto de vista doctrinal y utópico, sino porque son contrarias a los datos fundamentales de la economía de la época moderna.
VII
Servicios públicos y empresas de Estado
A medida que en una nación desaparecen las instituciones feudales autónomas y se desenvuelven los rodajes de la administración pública central, se comprueba un acrecimiento correlativo de la ingerencia del Estado dentro de las empresas. A la autoridad y a los intereses de los oligarcas y de los administradores locales sustituyen gradualmente, y al parecer definitivamente, los poderes y los intereses del gobierno central y de sus funcionarios. Bien pronto éstos no se contentan ya con estancarse en el dominio político: se dedican a representar un papel económico y ejercer su influencia sobre la producción y el comercio. Las sociedades industriales privadas pasan bajo el control del Estado, quien de gendarme se convierte así en patrono. Al lado de las empresas capitalistas particulares se encuentran, pues, hoy empresas de Estado, cuyas miras tienen una finalidad fiscal sin duda, pero cuya mayor parte están oficialmente destinadas a satisfacer las necesidades fundamentales de la colectividad (transportes ferroviarios y marítimos, correos y telégrafos, administración de caminos).
Sabido es que los economistas burgueses y los capitanes de industria no han escatimado sus críticas acerca de las empresas de Estado. Han alegado especialmente que la administración de los servicios públicos por el Estado resultaba más onerosa que la administración privada y que hasta reducía a la nada las ganancias; que los funcionarios gubernamentales carecían de espíritu de iniciativa, y que no teniendo interés directo en provocar una reducción de los gastos generales o en realizar un perfeccionamiento cualquiera, eran responsables de un cierto abandono condenable que se atestigua harto a menudo, en efecto, en las empresas estatizadas. A estas quejas se puede responder que el Estado compra a sus empleados en el mismo mercado de trabajo que las empresas capitalistas y que, por consecuencia, los reproches dirigidos a sus agentes pueden también serles achacados lógicamente a los demás trabajadores; que sobre esto, en la mayoría de los casos, el Estado debe tener miramientos respecto a los utilizadores de esos servicios, por una parte; de su personal, de otra, satisfaciendo lo más ampliamente posible las legítimas exigencias de los primeros y las reivindicaciones económicas de los segundos, lo que acrecienta ciertamente sus obligaciones, pero es la expresión de un deber social al cual no puede sustraerse, a ejemplo de los capitalistas privados. Añadamos, por último, que cuando estos últimos oponen al monopolio de Estado la pretendida libertad de las industrias sometidas a las reglas de la competencia, emiten a sabiendas una antifrasis, puesto que la mayoría de las veces las ramas de la producción en que interviene el Estado son aquellas en que las coaliciones capitalistas (trusts, cártels) están más desarrolladas, de suerte que no queda a las mismas más recurso que elegir entre un monopolio de Estado y un monopolio privado. Por otra parte, cuando los industriales y financieros tienen el dominio absoluto de una nación, concentran en sus manos a la vez el poder político y el poder económico, conservan para sí o vuelven a tomar al Estado la administración de los servicios públicos y los monopolios, como en la Hungría fascista, en donde la Batoafsche Tabak, sociedad holandesa, tiene el monopolio del tabaco, y en Turquía, donde la American Turkish Investment Corporation tiene el derecho exclusivo de fabricación, de venta, de importación y de exportación de cerillas, en detrimento manifiesto de los Estados respectivos.
Bajo la influencia de los socialistas estatistas, desde hace una treintena de años, determinadas capas de la población obrera de los principales países de Europa parecen mostrarse favorables a la extensión de los monopolios de Estado. En Rusia, después de la NEP, se ha desarrollado, con el asentimiento tácito de los campesinos acomodados y la colaboración eficaz de los funcionarios gubernamentales y sindicales, un sistema económico fundado en la preponderancia del Estado, colindando con un verdadero capitalismo de Estado, en el que se pretende vanamente, además, identificar al gobierno con el conjunto de los gobernados, la dictadura del proletariado con el proletariado sojuzgado. Antiestatistas, liberales, revolucionarios, partidarios de la democracia industrial, los anarco-comunistas se han alzado siempre con todas sus fuerzas contra esta omnipotencia del Estado y contra sus monopolios. Ellos han observado, por ejemplo, con fundado motivo, que desde el momento en que el Estado se apodera de las múltiples industrias y monopoliza el comercio, bajo control, como en la Rusia bolchevique, no es solamente la innumerable muchedumbre de los consumidores inorganizados, sino que también todos los productores obreros y campesinos quienes caen bajo la dependencia absoluta del poder central y sufren la más insoportable tiranía. Los descontentos, los subversivos, los trabajadores sospechosos de oposición al régimen a merced del Estado patrono, son excluidos de sus organizaciones estatizadas, son echados de las fábricas, de las obras, y entregados a la miseria y al hambre. Los asalariados de las empresas de Estado no son sus dueños; permanecen apartados de la administración técnica de los establecimientos como cuando estaban al servicio de los particulares y son explotados por el Estado con la misma dureza que por estos últimos. Es lo que explica que en buen número de servicios públicos se hayan registrado huelgas ofensivas y defensivas en el transcurso de estas últimas décadas. Las huelgas de carteros y ferroviarios en Francia, en Austria y en Alemania han tenido hasta una resonancia internacional.
La monopolización de la industria y de la administración de los servicios públicos por el Estado no tiene nada de común con la puesta en comunidad de los establecimientos y su explotación por los trabajadores organizados de cada categoría, la cual se efectuará en un régimen anarco-comunista. Es evidente que en la sociedad moderna los servicios públicos no podrían estar normal y regularmente administrados por grupos de voluntarios benévolos. Kropotkin, en La Conquista del Pan, basándose en ciertos episodios de la Revolución francesa de 1789 y de la Comuna de París, declara que al día siguiente de una eventual insurrección proletaria los sublevados vencedores aseguran con la ayuda de voluntarios los servicios de correos, de la inspección de caminos y canales y de los transportes en común. De allí algunos militantes han sacado la conclusión de que en régimen libertario unos grupos de afinidad podrían, bajo el control público, dirigir la marcha de los servicios públicos. Esta deducción nos parece inadmisible. Empresas hay, como las de transportes, que no podrían ser, por su propia índole, sino nacionales y puede decirse que hasta internacionales; y sería tanto como ir contra la marcha ascendente del progreso el confiar a unas iniciativas privadas aquellas empresas que precisamente han cesado, desde hace mucho tiempo, de estar administradas por particulares en su beneficio exclusivo, para ser puestas bajo el control público de los vecinos para el mayor bien de la colectividad. Por otra parte, deseosos de rechazar las empresas particulares en las solas categorías en que la comunidad de los trabajadores sindicados no podría todavía asumir los riesgos, los anarquistas quieren ensanchar cada vez más el dominio de los servicios públicos, perfeccionándolos merced a una transformación fundamental del Estado desde el punto de vista económico. Es preciso que las empresas de Estado se conviertan en empresas comunitarias; y a dicho objeto es indispensable que los trabajadores de esas empresas tengan lazos estrechos con ellas, que tengan vara alta en su dirección. La participación de los delegados del personal en la dirección de las empresas públicas, por lo demás, para ser eficaz habrá de extenderse a todas las clases del personal, desde los empleados superiores y los ingenieros a los simples ayudantes no especializados.
Por otra parte, para evitar el aflojamiento de la disciplina del trabajo, que fatalmente surgiría y podría perjudicar gravemente a los utilizadores de los servicios públicos, la gestión de las empresas comunitarias por el personal sindicado deberá ser puesto bajo el control severo y constante de los mismos beneficiarios del servicio. No podría tolerarse, en efecto, que las fantasías de un maquinista de locomotora, negándose a aplicar, en nombre de su libertad individual, los reglamentos ferroviarios y a seguir el horario previsto, diese lugar a accidentes, la muerte de los viajeros o el barullo en los cambios comerciales. Esto lo han comprendido muy bien, al siguiente día de la guerra, los revolucionarios de la Europa central. En Austria especialmente, los socialistas revolucionarios han fundado empresas de trabajo comunitarias, como el inmenso Arsenal de Viena, donde dentro de los Consejos de Administración, se encuentran a la vez representantes de los sindicatos obreros, del personal de las empresas y de los consumidores en las cooperativas.
A nuestra manera de ver, es bajo esta última y excelente forma que las empresas comunitarias, sucediendo a las empresas de Estado, tendrán un porvenir, en la medida, por otra parte, en que la potencia económica, el desenvolvimiento intelectual y la organización racional y libertaria de los productores y consumidores logren ejercer una influencia preponderante sobre la solución de las dificultades suscitadas por la explotación de los servicios públicos.
VIII
El anarquismo y los sindicatos
El anarquismo se presenta como una concepción general de la Sociedad basada en los recientes datos de la ciencia económica. Es un sistema práctico igualmente que ideológico, puesto que se propone asegurar la felicidad de los individuos por la aplicación metódica de las últimas invenciones humanas. A este título engloba todos los movimientos que se proponen un fin semejante por medios apropiados y que parecen poseer un real valor experimental. En el estado actual de nuestros conocimientos, los anarquistas estiman, pues, que dentro del régimen comunista las cooperativas serán las encargadas
de repartir las riquezas, en tanto que los sindicatos industriales y agrícolas dirigirán independientemente la producción. Estas formas de la actividad económica cierto que no serán eternas; sin duda, cuando el progreso haya sobrepasado el estadio presente, aquéllos cederán progresivamente el sitio a grupos de afinidad cultural o cooperativistas. Pero el espíritu que animará a esas sociedades permanecerá siendo el mismo que el de hoy; el espíritu libertario dará la unidad ideológica a aquellos elementos de intereses diversos.
Entre el anarquismo y el sindicalismo se observan notables analogías. Estas dos doctrinas se afirman revolucionarias, federalistas, hostiles a la burguesía y al Estado; ambas reconocen la existencia de las luchas de clases y quieren concentrar la actividad obrera a fin de destruir el mundo capitalista e instaurar el comunismo libertario. La historia del movimiento proletario explica el origen de esas relaciones. El padre del anarquismo, Proudhon, presintió el poder de los sindicatos en su Idea general de la Revolución y contribuyó a la formación intelectual de los fundadores de las organizaciones obreras. En Francia, el primer secretario de la Federación de las Bolsas del Trabajo, Pelloutier, fue anarquista. Y en la constitución de la Confederación General del Trabajo, por la unión de las Bolsas y de la Federación de los Sindicatos, trabajaron activamente nuestros compañeros Yvetot y Pouget, redactores de Temps Nouveaux y del Père Peinard. Pelloutier en la Organisation Corporative et l'Anarchie, Desalle en L'Action Sindicale et les Anarchistes, demostraron la identidad de ciertas aspiraciones libertarias y sindicalistas e incitaron a sus compañeros a penetrar en los sindicatos. Lo mismo ocurrió en España, en donde los fundadores de la CNT fueron bakuninistas.
Entonces, como en nuestros días, los anarquistas fueron unos activos militantes revolucionarios y propagaron las doctrinas y los postulados sindicales. Pero no olvidaron que el sindicalismo no es más que uno de los aspectos. Ellos no admitieron, por consiguiente, que esa doctrina pudiera bastarse a sí misma y asegurar por sus solos medios la emancipación total de los trabajadores. Permanecieron siendo comunistas. Pretendieron conservar, con respecto al movimiento sindicalista, su independencia propia y, por esas razones, pudieron permitirse el criticar con toda libertad los métodos de los sindicatos que les parecían incompatibles con su ideología propia.
Los anarquistas consideran los sindicatos desde un doble punto de vista. Estiman que actualmente deben ser unos instrumentos de defensa proletaria y de ataque, pero que después de la revolución habrán de transformarse en organismos de producción. Su papel presente consiste en reunir los asalariados por industrias para permitirles adquirir conocimientos de sí mismos, de su fuerza, y luchar contra el patronato. En una sociedad libertaria los sindicatos reunirán, según las profesiones, los obreros, dotados de la libertad de elección y del movimiento, y asegurarán así la fabricación o la extracción de las riquezas.
En los sindicatos industriales, los anarquistas lucharán contra el reformismo y la tutela de los partidos políticos.
Comprenden ellos que los sindicatos deben esforzarse por mejorar las condiciones de los trabajadores en el seno del mismo régimen capitalista. Pero no quieren que esta mejora sea obtenida por métodos que sean opuestos al fin revolucionario perseguido. A. L. Constandse, el editor del periódico libertario holandés Alarm, ha expuesto claramente que «toda mejora de la suerte del explotado lo vuelve antirrevolucionario» y que cuando los explotados reclaman a los patronos reformas parciales «el objeto de los sindicatos consiste en obtener que todos sus miembros trabajen (sean explotados) en determinadas condiciones, que no perjudican en nada al capitalismo, que dejan a los trabajadores la ilusión de una victoria, mientras que dichas reformas les dejan soportar todas las cargas y consolidar el capitalismo». No hay que consentir, sin embargo, que so pretexto de evitar el reformismo, los trabajadores se conviertan en los clientes de un partido demagógico. Los anarquistas defienden de manera acérrima la autonomía sindical frente a los partidos políticos. Y por «políticos» entienden los partidos que pretenden subordinar la actividad económica a la política, colaborar abiertamente o no con las autoridades gubernamentales, penetrar en las instituciones parlamentarias; conquistar cargos representativos en las instituciones civiles de la burguesía, sean cuales fueren sus orígenes, su ideología y sus tendencias. Combaten por consiguiente los procedimientos socialistas o bolcheviques que tienden a hacer de los sindicados unos agentes de propaganda electoral.
Además, los sindicatos tienen por misión destruir con el patronato el aparato mismo del Estado. Ahora bien, los diversos partidos políticos se proclaman partidarios del Estado, o sea que quieren aumentar su poder, o bien desean aumentar sus rodajes y su maquinaria opresora. Con esto apartan a las asociaciones proletarias de su papel económico para convertirlas en accesorías del Estado, como se puede comprobar en Rusia y en Italia, donde los sindicatos sometidos han venido a parar en simples servicios gubernamentales. Los anarquistas defienden, pues, la autonomía sindical; pero el mantenimiento de esta autonomía no exige que los anarquistas dejen de jugar un papel activo dentro de las asociaciones obreras. Por eso los anarquistas tratan de dirigir esas agrupaciones por un cauce cada vez más libertario. Se explica entonces que hayan guiado la actividad revolucionaria de la Confederación Nacional del Trabajo española y de la Unione Sindicale Italiana; que ejerzan todavía una influencia preponderante sobre la CGT de la América latina, sobre la Freie Allgemeine Arbeiter Union Deutschlands, sobre la CGT portuguesa, sobre las centrales escandinavas.
En 1921, por otra parte, el Congreso Internacional Anarquista de Berlín recomendaba a los compañeros que penetrasen en masa en los sindicatos para hacer de ellos centros insurreccionales y comunistas libertarios.
La concepción anarquista de la autonomía sindical ayuda a comprender la importancia de la táctica de la nucleización. Se declara de vez en cuando que los anarquistas echan en cara a los bolcheviques el formar el núcleo en los sindicatos, siendo así que ellos aplican los mismos procedimientos. Es una aserción mal fundada. Los núcleos bolcheviques tienen un fin contrario al de los núcleos libertarios. Aquéllos agrupan en el seno de las asociaciones obreras a todos los partidarios de la tutela de los partidos políticos sobre los sindicatos; cuando son bastante potentes hacen cuanto pueden por obligar a los sindicatos a entregarse al partido; y si no pueden lograr su objeto, prefieren escindir el sindicato en fracciones rivales o hacerlo desaparecer. Estas prácticas han conducido a la ruptura de la unidad proletaria y al desarrollo del fascismo. Por el contrario, los núcleos anarquistas tienen por objeto intensificar dentro de los sindicatos la propaganda federalista, antipolítica; mantener la unidad ideológica y táctica, perfeccionar la educación económica de los trabajadores. Son esencialmente factores de unidad.
Los anarquistas son efectivamente los más activos partidarios de la reconstitución de la unidad sindical. Pero quieren que sea establecida como lo estaba antes: sobre bases revolucionarias y antiautoritarias. No pueden, por lo tanto, aceptar la formación de una unidad sindical en provecho de Amsterdam o de Moscú, pues saben que no había de servir más que para desarrollar la pujanza del socialismo parlamentario o del neocapitalismo ruso. Por una parte los anarquistas han vuelto a poner en pie la Asociación Internacional de los Trabajadores (A. I. T.), que resume todas las Centrales nacionales sindicalistas; por otra parte, en los sindicatos todavía sometidos a los políticos estatistas, intensifican la propaganda federativa, antipolítica, libertaria; denuncian las traiciones de los funcionarios sindicales; crean un movimiento favorable a sus aspiraciones; provocan sin cesar congresos en donde se enfoca la unidad y favorecen así el frente único de los trabajadores.
En el seno de los sindicatos, los anarquistas se esfuerzan por desenvolver la cultura revolucionaria de los trabajadores.
A dicho fin, son partidarios de todos los métodos indicados por las circunstancias para asegurar el éxito de las reivindicaciones obreras y dotar de una mentalidad conscientemente subversiva a los proletarios organizados. Por eso preconizan la propaganda por el hecho, el terrorismo colectivo, el sabotaje a igual título que la violencia colectiva, la insurrección armada, la resistencia pasiva, el boicotaje con igual razón que la huelga. No obstante, estiman que es menester usar esos diferentes medios con tacto y prudencia. En efecto, hay que entorpecer y poner trabas al patronato y al Estado, sin enajenarse la simpatía del público, aminorar la iniciativa y el entusiasmo del proletariado, arruinar las organizaciones sindicales.
Todo método, excelente en teoría, que aboque a esos últimos resultados, es condenable.
Los anarquistas quieren además hacer la educación táctica de los obreros. No ocurra que al día siguiente de la revolución los trabajadores se hallen en la imposibilidad de dirigir la producción y se vean constreñidos, para vivir, a volver a poner en sus puestos a los opresores de la víspera. Y para ello les es preciso adquirir conocimientos. La constitución de comités de fábrica y de taller, libertados de los patronos; la frecuentación de los cursos técnicos profesados en los sindicatos, son los poderosos factores de la educación económica del proletariado.
IX
Federaciones de industria y Federaciones de oficios
Fueron los miembros de la asociación de los Industrial Wolkers World’s (IWW) quienes, hace una treintena de años, primero, tuvieron la idea de organizar los trabajadores por industria, y ya no más por oficios, y formar sindicatos de industria en lugar de los sindicatos corporativos. De este modo se colocaron frente a la Federation of Labor, que entonces como hoy estaba imbuida de un espíritu sordidamente reformista y reaccionario. Esta agrupaba especialmente los encargados y obreros cualificados. Les aseguraba elevados salarios por su inteligencia estrecha y cordial con los capitalistas de los trusts y los potentados de la grande industria, y en particular por sus incalificables manejos contra los trabajadores extranjeros o de color; prohibía también a los negros y a los jóvenes adherirse a sus sindicatos, y hasta constituir entre ellos asociaciones independientes; exigía y obtenía del gobierno federal americano leyes de excepción contra los emigrantes. Se oponía a las huelgas de solidaridad susceptibles de disminuir sus cantidades en caja y denunciaba los conductores del movimiento a los tribunales. Se inspiraba, por último, en el más mezquino corporativismo, no en el sindicalismo.
La reacción de los IWW no era solamente de orden político, sino sobre todo de orden económico. Sin duda, los IWW reclutaban la mayor parte de sus adherentes entre los peones y ayudantes no calificados: judíos, negros, italianos y chinos que rechazaban, despreciaban y combatían los líderes de la Federation of Labor. Pero al constituir sindicatos de industria y ya no más de oficios como la Federation, reconocían las transformaciones económicas de la industria en sus diversos ramos y se adaptaban hábilmente. A la concentración creciente de las fuerzas patronales industriales, oponían ellos la concentración de las fuerzas obreras.
Del mismo modo es como obra la Asociación Internacional de los Trabajadores, de Berlín (AIT), a la cual está adherida nuestra CNT española. Ha planteado en principios fundamentales la transformación en federaciones de industria de las federaciones de oficios existentes y la creación de sindicatos únicos de industria en cuantos sitios no existen todavía. En Suecia, donde las ideas sindicalistas hallan la más viva simpatía, bajo su impulso la concentración obrera dentro de las federaciones de industria es perfecta y no deja subsistir ningún sindicato localista o corporativo. No ocurre lo propio de un modo absoluto en España y en los países iberoamericanos, en dónde, por motivos económicos y sociales harto discutibles, las federaciones de industria engloban aún sindicatos de oficios autónomos que poseen una tesorería propia.
Hoy la fábrica no agrupa ya, como el taller artesano o la manufactura de antaño, obreros de la misma categoría, que utilicen los mismos procedimientos y hagan un trabajo del mismo género. En efecto, miremos lo que ocurre, por ejemplo, en una fábrica de automóviles: encontramos laminadores, fresadores, devanadores, electricistas, forjadores, al lado de los pintores, carroceros y reparadores. Los unos están especializados en el trabajo del acero, los otros en el de la madera, etc. Todos ellos concurren al mismo fin, la fabricación de coches automóviles, pero por vías, procedimientos y trabajos diferentes. Pertenecen a la misma empresa, no a las mismas categorías. Pero dominados por la misma dirección patronal, sometidos a los mismos reglamentos, esos trabajadores están asimismo unidos por la misma comunidad de intereses inmediatos y lejanos.
Una reducción de los salarios, un despido que alcance a una categoría de obreros, tendrán repercusiones evidentes sobre el conjunto de las demás categorías. El standard de vida de las unas condiciona el de las otras. Por otra parte, aislada, una categoría no puede defenderse mucho tiempo y victoriosamente contra manejos eventuales de la dirección. Por eso, las huelgas defensivas u ofensivas no deben ser ya localizadas en un ramo, sino generalizadas al conjunto de la empresa. Y por ende, los obreros ya no tienen por qué sindicarse por corporaciones (pintores, decoradores, electricistas...), sino por industria (Construcción, Metalurgia...)
Un hecho semejante ha de modificar, por consecuencia, determinadas reivindicaciones obreras que por otra parte presentaban peligros reales para las libertades públicas. Por mucho tiempo, en efecto, ciertas uniones proletarias y partidos políticos que se dicen avanzados han reclamado, por ejemplo, «la mina para los mineros, el carril para los ferroviarios, etc., etc.»; esto es, la apropiación y la administración por los trabajadores de los instrumentos de su trabajo, bajo su único control y para su beneficio exclusivo. Semejantes reivindicaciones, si acaso hubieran podido ser satisfechas algún día, hubiesen traído consigo la formación de nuevas castas privilegiadas, de clases monopolizadoras de intereses necesariamente contrarios a los del resto de la población. La concentración de diversos oficios en la misma empresa contrarresta mucho esas pretensiones. El monopolio es por esencia opuesto a la colaboración y a la ayuda mutua. Ahora bien, hasta bajo el régimen codicioso-egoísta actual la grande industria descansa sobre el juego del apoyo mutuo, base de la interpretación y de la conexión de los oficios. Por eso una de las reivindicaciones de los sindicatos modernos y de los anarquistas-comunistas no es ya la apropiación de las empresas por sus obreros, etc., sino su administración por todas las diferentes categorías de trabajadores que concurren a su explotación. Los anarquistas no reclaman que los obreros sean dueños absolutos dentro de su ramo especial, sino que, agrupados por industria, formen Comités de fábrica encargados de administrar éstas bajo el control de los productores y de los consumidores organizados, recayendo en la comunidad nacional el ser única propietaria jurídica de las fábricas y de los talleres. A los objetivos corporativos, ellos sustituyen así la fórmula que se ha hecho ahora universalmente conocida: ¡Todo el poder económico a los Consejos de fábrica!
